Atravieso la puerta y me topo con tu figura,
con esos ojos azules como el cielo,
esa sonrisa distorsionada por tu piel plegada,
ese pelo alborotado, con reflejos invernales.
Sabes quien soy, pero no como me llamo,
sabes que me quieres, pero tu mente lo distorsiona,
aún así me miras y no puedes evitar mostrarme tu mejor cara.
Yo me dirijo hacia ti y te contemplo.
A través de ti veo un sin fin de experiencias,
dolor, gloria y muchos años a tus espaldas,
pero también puedo observar como poco a poco,
todo desaparece sin explicación alguna.
Me cuentas como perdiste todo lo que tenías,
como era tu marido y cómo era tu vida,
pero al pasar los día no los recuerdas,
te miro y sonrió de nuevo.
No sabes quien soy, pero sigues con tus charlas,
te visito y para ti soy un extraño con el que hablas,
tu corazón sabe que soy yo, pero tu cerebro lo envenena,
y como el de una serpiente se extiende a medida que pasa el tiempo.
Estas débil, a penas puedes hablar,
te beso la mano, y sigues sin recordarme,
tus ojos se funden con mi mirada cómplice,
y como siempre, tu sonrisa vuelve a iluminarme.
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